Eduardo Izar Robles

LA VIOLENCIA Y EL CRÍMEN ORGANIZADO.

La familia, para quienes participan del crimen organizado, es fundamental, la causa motor, por la cual ellos se dedican a delinquir.

Todos o casi todos aluden a su pobreza, recuerdan a su sacrificada madre, a la que, lo primero que le ofrecen, si les va bien en el trabajo, es hacerle una casa, con servidumbre para que nunca vuelva a trabajar.

Contra la familia nada, decían las primeras organizaciones mafiosas, era la regla de oro: respetar a las mujeres y a los niños. Quienes atentaban contra la familia eran mal vistos por el resto de las organizaciones y les aplicaban la ley del hielo.

Tenían un código de honor, aunque parezca paradójico, que era respetado y muy altamente valorado.

Con el tiempo las cosas cambiaron, sobre todo aquí en México, los delincuentes se hicieron más crueles y sanguinarios y dejaron de respetar a las familias y hasta a los muertos.

Es famosa la anécdota aquella en la que un jefe mafioso, muy importante, amenazó a un enemigo y le dijo: “te voy a mata a ti, a tu mujer y a tus hijos, y a tus padres”. El amenazado contestó: “mis padres ya se murieron” y él le dijo: “pues los saco de la tumba y los vuelvo a matar”. Efectivamente, así lo hizo, después de cumplir su amenaza, acudió al panteón donde estaban enterrados los padres de su enemigo, los sacó de sus tumbas y los acribilló con balas de una AK47.

Entre ellos, los que pertenecen al crimen organizado se dice: “si la sangre derramada es de un miembro del grupo es cosa de negocios; pero si es de alguien de la familia, entonces es cosa de honor” y sienten la necesidad de tomar venganza para no dejar cabos sueltos, es cosa de simetría dicen.

Por eso en la novela de Mario Puzo, El Padrino, cuando se reúnen las familias de todos los Estados Unidos para acabar con la guerra iniciada por la familia Corleone, don Vito, al hacer las paces afirma, “a mí me mataron un hijo y a la otra familia otro, estamos en igualdad de circunstancias, por eso renuncio a la venganza y ofrezco la paz. Paz que se dio con un abrazo y un beso a su peor enemigo.

Pero ese código de honor se rompió y se impuso la venganza cruel y descarnada contra todos los enemigos, incluyendo a la familia sin importar mujeres, niños y ancianos.

Las crónicas nos narran eventos como aquel en el que le mandaron a un conocido jefe de una organización, la cabeza de su esposa en una caja, el ataque al antro en Puerto Vallarta, el ataque en el aeropuerto de Guadalajara donde mataron al cardenal Posadas, relatos acerca de descabezados, colgados en los puentes, pozoleados (procedimiento mediante el cual deshacen el cadáver de su enemigo en ácido), en fin, muertes en cantidades superiores a los veinticinco mil o tal vez más, producto de la violencia, la falta de honor, carencia de inteligencia, y sobre todo, el salvajismo.

Cuando matan mandan mensajes, les cortan las orejas si son espías, la lengua si hablan de más, las manos si roban, mandan un pescado como recado para indicar que lo tiraron al mar. En fin, a la violencia le agregan cierta dosis de humor negro.

Pero no solo entre ellos se da la violencia en forma brutal, también sucede con su verdadero enemigo que son las fuerzas del estado, y matan policías, funcionarios de buen nivel, jueces y magistrados de los tribunales, procuradores y ministerios públicos, y toman cabal venganza en contra de aquellos que intervienen en la aprensión de algunos destacados jefes, el decomiso de algún cargamento o un operativo en el que les afectan sus intereses.

El caso más ejemplar que yo recuerde, es el relativo a la muerte de la familia del marino Melquisedec Angulo Córdova que participó en la captura y muerte de Marcos Arturo Beltrán Leyva, en el evento en el cual también él resultó muerto; pero como fue enterrado con honores militares, los seguidores de Beltrán Leyva se trasladaron a Tabasco y acribillaron a la madre del marino y a tres parientes más.

Este hecho justifica que quienes se dedican al combate al crimen organizado mantengan el anonimato, y cuando alguien conduce a un delincuente; o va enmascarado, o le colocan una mancha sobre la cara para evitar ser identificado y así evitar también que tomen venganza en contra de los miembros de su familia.

Cuando tratan de corromper a un funcionario lo primero que le dicen es: “sabemos quién eres, que haces, cuál es tu itinerario, que lugares frecuentas, quienes son tus familiares, tus padres, tu esposa, tus hijos, a que escuelas acuden, y que sitios frecuentan”. Esto por supuesto que afecta la tranquilidad y en ocasiones rompe la rigidez del funcionario. La violencia expresada en su forma más cruel produce los resultados que ellos esperan.

En el ámbito judicial se pretende recurrir a enmascarar a los jueces, así como se enmascaran a los verdugos que participan en las ejecuciones, para que no sean identificados, a los verdugos, para que el pueblo no los señale como los autores de la ejecución, al final de cuentas, ellos practican un oficio, hacen un trabajo por el cual les pagan. Por eso se dice que no se debe de mencionar la soga en la casa del ahorcado; pero tampoco en la casa del verdugo.

Con los jueces pasaría algo similar, solo que aquí no es para callar la conciencia, si no para evitar la venganza.

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