EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ ¡ME QUIERE VOLVER LOCO!

                                                    Por Ramón Durón Ruíz (†)

Un niño es el mayor regalo que Dios otorga a la vida, es nueve meses de esperanza, una escuela de amor, un fuego por encender, un hogar por calentar. Hay en el niño algo de hombre desde la cuna, como hay en el hombre algo de niño hasta su tumba.

Los niños son como las estrellas, siempre embellecen la noche del caminante, son un canto perpetuo de fe y esperanza, una lección permanente; de mil y un maneras nos enseñan con simplicidad los caminos de la vida, para tener una idea de lo que es la paciencia, basta con observar a un niño que da sus primeros pasos: trastabilla, se cae, se levanta, vuelve a caer una y otra vez, pero su perseverancia es tal que se levanta sonriendo, ensayando y mejorando, hasta que logra caminar sin caer.

¿Qué no lograríamos los adultos si tuviéramos la perseverancia y la paciencia de un niño y la concentración en los fines que son importantes para nosotros? Un niño es una escuela permanente de vida, nos enseña que los sentimientos del amor y del humor son la frecuencia más elevada que podemos emitir y a través de ellos visualizar el mundo de armonía que el universo tiene para nosotros.

Los niños gozan de una actitud mental positiva, intuitivamente ponen toda su felicidad en la frecuencia del amor y del humor. Todo lo que quieren, sea lo que sea, está motivado por el amor y el humor.

Cuando nos preguntamos ¿por qué los niños tienen la sonrisa a flor de piel?, ríen hasta 500 veces por día mientras un adulto ríe 17 veces –sin entender que se hace viejo no por el paso de los años, sino porque ha dejado de amar y de reír–, la respuesta es muy sencilla: porque los niños viven acorde a la naturaleza, y la naturaleza del hombre es ser feliz.

Un niño es una lección diaria de vida, aunque vive en la tierra alcanza el cielo, vuela como los aviones, corre como los caballos, todo tiene cabida en sus sueños e imaginación, es el amor más puro y sincero, adivino del pensamiento con sólo mirar a los ojos, siente con sus tiernas manos todo el dolor que su madre lleva, un niño es Dios en un cuerpo pequeño.

Los niños vienen de todos tamaños, pesos y colores, los encontramos por donde quiera: encima, debajo, trepando, colgando, corriendo, saltando en la sala, en la cocina, en la recamara, en el carro, sufren todas las caídas, todos los accidentes y mientras nosotros no la libraríamos, ellos salen ilesos, por una simple razón: el cielo los protege.

“Un niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza de un futuro lleno de luz con canicas en el bolsillo y un trompo o balero en la mano. Un niño tiene el apetito de un conejo, la digestión de un traga espadas, la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un canario, la imaginación de Julio Verne, el entusiasmo de los jóvenes”

Apropósito de niños, mi amigo Héctor Treto, contaba que un día su hijo al llegar de la escuela primaria sudoroso y angustiado le dijo a Lulú, su amada esposa:

¡Amá!, la maestra en la escuela me quiere volver loco.

La señora abrazándolo cariñosamente le dijo: No mijito, cómo crees, es tu imaginación.

La cuestión se repitió durante varios días, hasta que según contaba Treto, la señora no aguantó la presión y se lo contó a él, diciéndole:

Viejo, hazle caso al niño, ve a la escuela y checa porqué reiteradamente dice que la maestra lo quiere volver loco. Cumpliendo la máxima del Filósofo que dice: ¡Soy pendejo… pero desobediente nunca!, hizo caso a su mujer y fue a la escuela; se apersonó con la maestra de su niño y le dijo:

¡Maestra! me da pena venir con usted, pero mi niño me dice que usted lo quiere volver loco.

La maestra amablemente llamó al niño y le pidió que pasara al pizarrón.

A ver mijito, anota en el pizarrón: 1+1.

Después de dos minutos de cavilar, el niño anotó: 1+1.

Luego la maestra dijo: –Eso es igual a… Hecho que provocó que el niño entrara en otra profunda meditación, después de varios minutos puso 2.

¡Muy bien! dijo la maestra ¡felicidades! Ahora anota 1+2.

El niño con los ojos desaforados, volvió la vista a su papá y exclamó:

Ya ves… ¡ME QUIERE VOLVER LOCO!

 

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